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TEMA ACTUAL: INTERSUBJETIVIDAD

June 15th, 2010 por CEF Admin | Publicado en Institucional | 1 Comentarios »

INTRODUCCIÓN AL TEXTO DE P. MIRANDA

INTERSUBJETIVIDAD

La intersubjetividad es concebida por Porfirio Miranda como la tercera caracterización del espíritu, como eticidad.

Ya había quedado explicitado en temas anteriores que el sujeto consiste en consciencia del yo, en la autoconsciencia, en la que la intersubjetividad está ahí desde el principio, pues el ser humano desde niño llega a decirse yo y a percatarse de su yo al ser interpelado por otro que lo hace caer en la cuenta de que es persona, al responsabilizarlo hace que poco a poco llegue a ser sujeto responsable.

En la consciencia del yo que así se forma por la interpelación está presente la consciencia del tú, porque nos percatamos de nosotros mismos al percatarnos de las otras persona, y esta constitución intersubjetiva de la autoconsciencia es constante para siempre, porque la consciencia de la propia identidad es consciencia de la propia distinción respecto de los otros y por tanto es ser consciente de los otros.

Así, dirá Miranda, “la autoconsciencia y la consciencia que tengo de los otros se alimentan una a otra, se hacen existir la una a la otra, y verdaderamente la una es el ser de la otra; por donde se ve que esta tercera caracterización que estamos presentando del yo no pretende señalar alguna causa extrínseca del yo sino el ser mismo del yo, su constitutivo intrínseco.”

La consciencia que tengo de los otros es de carácter ético. Su contenido es éste: no sólo existo yo,
también existen los otros.

¿Qué piensa usted al respecto?

¿La autoconsciencia del yo y la consciencia del otro son esencialmente de carácter ético? ¿Por qué?

TEXTO DEL LIBRO DE HEGEL TENIA RAZÓN CAPÍTULO III SUBCAPÍTULO 7

7.- INTERSUBJETIVIDAD
Explicitemos ahora la tercera caracterización del espíritu, la
cual latía en las dos precedentes desde el principio: la intersub-
jetividad, que es eticidad esencialmente.
Si el sujeto, como vimos, consiste en consciencia del yo, en ese
contenido mental e ideal llamado autoconsciencia, la intersub-
jetividad está ahí esencialmente desde el principio, pues es obvio
que el niño no llega a decirse yo, no llega a percatarse de su yo y
así a crearlo por primera vez, sino interpelado por la madre (u
otro prójimo) que al personalizarlo lo hace caer en la cuenta de
que es persona, al responsabilizarlo hace que poco a poco llegue a
ser sujeto responsable. En la consciencia del yo que así se forma
está presente la consciencia del tú, no sólo inseparablemente, sino
en tal grado de mutua penetración, que el niño en tanto se percata
de sí en cuanto se percata de la otra persona, y esta constitución in-
tersubjetiva de la autoconsciencia es constante para siempre, por-
que la consciencia de la propia identidad es consciencia de la
propia distinción respecto de los otros y por tanto es ser cons-
ciente de los otros. Y viceversa también: no podemos percatarnos
de los otros sino en la medida en que nos percatamos de su distin-
ción respecto de nosotros, lo cual implica percatarnos de
nosotros. De suerte que la autoconsciencia (i.e. el yo) y la con-
sciencia que tengo de los otros se alimentan una a otra, se hacen
existir la una a la otra, y verdaderamente la una es el ser de la otra;
por donde se ve que esta tercera caracterización que estamos
presentando del yo no pretende señalar alguna causa extrínseca
del yo sino el ser mismo del yo, su constitutivo intrínseco. Ahora
bien, esa consciencia que tengo de los otros, la cual me hace
autoconsciente, es de carácter eminentemente ético hasta el
fondo y desde el principio. Su contenido es este: no sólo existo yo,
también existen los otros; los demás son tan de veras como yo
sujetos y no objetos, no puedo confundirlos con las otras cosas que
pueden ser tratadas como medios, pues son autoconsciencias
exactamente como yo lo soy.
Si no fuera ése el contenido de la consciencia que tengo de los
otros, si ésta no me hiciera responsable, si no fuera exigencia que
se dirige a mi libertad constituyéndola, no generaría autodeter-
minación, y por tanto no suscitaría un yo, pues ya vimos (III,2) que
esencialmente el yo se hace a sí mismo. A esa exigencia o im-
perativo el yo puede responder de muy diversas maneras, en muy
diversos grados de asentimiento, en muy diversos grados de asun-
ción de la responsabilidad de ser, y con eso se está dando a sí
mismo sus propias determinaciones, y así la pasta de que se va for-
mando el yo es substancia moral desde el principio, si vale en este
momento una metáfora, ya que, precisamente, no hay un sub-
strato, recordémoslo. El yo no es una pepita material, sino tiene
como única consistencia real ese contenido mental e ideal llamado
autoconsciencia, y ésta es consciencia de que no sólo yo existo sino
también los otros, ese contenido moral por antonomasia.
Téngase muy presente, por favor, nuestro recurso traductorio
(III,5). Habíamos dicho, con Kant, que no puede haber conscien-
cia sin autoconsciencia. Acabamos de añadir que no puede haber
autoconsciencia sin conciencia. Es uno de los hallazgos más pene-
trantes que se hayan hecho, y su antigüedad se remonta, como
hemos de ver (VI,1), a un pensador del siglo décimo a.C., al que
los exégetas llaman el Yahvista. Hegel toma dedicadamente en
serio su aportación.
Las formulaciones hegelianas de esta nuestra tercera carac-
terización del espíritu enriquecen y ahondan nuestra exposición, y
la tesis misma desempeña en la filosofía de Hegel un papel ab-
solutamente protagónico, como han notado tanto los comentaris-
tas competentes Lauer, Mure, Stace, como los superficiales Hyp-
polite, Kojève, etc.
“Sin un tú el yo es imposible” (JS 378).
“El espíritu es esencialmente ser para el espíritu, y sólo es
espíritu en la medida en que sea para el espíritu” (PR I 201).
“El verdadero contraste que el espíritu puede tener es espí-
ritu; sólo mediante su ajenidad en sí mismo puede él conseguir la
fuerza de ser espíritu” (WG 535).
La ajenidad se refiere al tú, al otro. Y la ajenidad en sí mismo
significa la consciencia-del-otro que yo tengo en mí mismo. Sólo
mediante ella, dice la WG, adquiere el espíritu la capacidad de
tener un yo y consiguientemente ser espíritu; “el sujeto debe vol-
verse hacia otro sujeto” (PR III 133).
“La autoconsciencia existe en sí y por su cuenta, sólo en virtud
de que existe para otra autoconsciencia en sí y por su cuenta; con
otras palabras, sólo existe como reconocida” (PG 141).
“Cada autoconsciencia es para la otra la mediación por la que
cada una se media a sí misma y se integra, y cada una es para sí y
para la otra un ente inmediato que es por su cuenta, el cual sin em-
bargo sólo merced a esa mediación es por su cuenta” (PG 143).
“Sólo en la moral existe propiamente y lo hace todo este con-
cepto de la absoluta individualidad de la consciencia” (GP I 271).
“Esta substancia ética que constituye al espíritu, que forma la vida
y la esencia misma de la individualidad” (GP II 108).
“Lo ético, las leyes de la libertad, es lo espiritual superior y más
puro; de acuerdo a su naturaleza no es algo espiritual externo, no
es algo extrínseco y fortuito, sino simplemente la naturaleza del
espíritu mismo” (PR III 19s).
“Que lo justo sea para mí algo que es de suyo y de por sí, es la
manera como soy en la substancia ética; ésta, por tanto, es la esen-
cia de la autoconsciencia” (PG 312).
El carácter de exigencia, de imperativo, que destacábamos en
la consciencia que el yo tiene de los otros, le impone al sujeto en
ciernes, i.e. al niño que se está volviendo autoconsciencia, la
necesidad moral de reprimir sus instintos meramente naturales,
sus impulsos animales, porque no sólo él existe en el mundo,
también los demás son autoconsciencias que no le es lícito con-
siderar como cosas; así es como el niño deja de ser animal y se
vuelve espíritu. “El alma es espíritu solamente mediante supresión
del querer natural, de las apetencias. Ello acaece por sometimien-
to bajo lo ético, por acostumbramiento a que lo ético se vuelva la
segunda naturaleza del individuo” (PR II,II 178).
“Se le dirige al hombre la exigencia de no ser como voluntad
natural, de no ser como por naturaleza es” (PR III 107).

 
“Lo natural es más bien lo que el espíritu tiene que suprimir”
(GP II 107), “el hombre natural es egoísta” (PR III 115s), “la
naturalidad de la voluntad es, más precisamente, el egoísmo de la
voluntad” (PR III 116).
El carácter esencialmente intersubjetivo y ético del espíritu es
una de las tesis fundamentales de la Fenomenología. Basta ver el
primer subtítulo (A) en el capítulo sexto, que es donde por
primera vez se trata ex professo el tema que le da nombre a la
obra: “El verdadero espíritu, la eticidad”. Hegel advierte en ese
momento: “El espíritu es el ser real y absoluto que se sostiene a sí
mismo. Todas las anteriores figuras de la consciencia son abstrac-
ciones del mismo” (PG 314). A eso se debe, como bien observa
Lauer (1977,92), que una obra que empezó llamándose Ciencia de
la Experiencia de la Consciencia (cf. PG 61) y que con ese título
fue anunciada en los boletines bibliográficos previos, a lo largo de
la ruta se haya visto forzada a reconocerse a sí misma como
Fenomenología del Espíritu.
Un pequeño excurso interpretativo. La mencionada supresión
del egoísmo instintivo por tener que trabajar para todos, la obli-
gada represión de los impulsos y apetencias (Begierde) naturales,
es lo que hace que el esclavo sea más capaz que el amo de llegar a
ser verdadero espíritu. Y eso sin olvidar que esa dialéctica (PG
141-150) pertenece a las figuras anteriores que, como acabamos
de ver que Hegel advierte, son meras abstracciones mientras no se
llegue a la eticidad. En los números de la Enciclopedia que con-
cienzudamente resumen esa dialéctica, se nos dice con explicitud:
“En el servicio del amo va demoliendo el esclavo sus propios
quereres privativos, suprimiendo la interna inmediatez de las
apetencias” (EPW n°435). Y en la propia Fenomenología se afir-
ma que, en el servir, la consciencia del esclavo “suprime en todos
sus elementos particulares su apego a la existencia natural; y a ésta
misma la descarta” (PG 148). La Enciclopedia precisa cómo:
“mediante la negación de la inmediatez, o sea de las apetencias”
(EPW n°434). El carácter ético de esta situación se analiza tam-
bién en la Filosofía del Derecho, a propósito de la institución
llamada familia: “el egoísmo de las apetencias se transforma aquí
en el cuidado y adquisición para un colectivo, en algo ético” (Rph
n°170). Por consiguiente, para sostener que es el trabajo mismo en
su materialidad el que según Hegel transforma al esclavo (así
Marx en MEX EB I 574, y Kojève 1947 passim), se necesita omitir
deliberadamente los pasajes principales y sustituirlos por propios
pensamientos del intérprete. Fin del excurso.
La tesis de que la autoconsciencia surge de la intersubjetividad
no sólo es obvia por lo que sabemos de psicología infantil; también
los antropólogos y sociólogos han estudiado ampliamente la efica-
cia, en la formación del psiquismo de los individuos, de los ‘roles’ y
correspondientes ‘expectativas’ existentes en una sociedad. Sólo
la alergia antimoral ha impedido, a veces, reconocer que las más
básicas de esas expectativas y los roles más fundamentales son de
carácter moral.
Considérese esta cuestión: ¿existen roles y expectativas sin los
cuales ningún tipo de sociedad o agolpamiento humano es posible?
Por ejemplo, tengo expectativa de que no me maten quienes se
acercan a mí por algún motivo, tengo expectativa de que quienes
me hablan digan lo que creen ser verdadero, tengo expectativa de
que quien explícita o implícitamente promete algo lo cumpla, etc.
Esas expectativas imponen los roles correspondientes, y todas las
personas abrigan las mismas expectativas respecto a mí y me im-
ponen los roles referentes. Sin ello ningún agrupamiento humano
es posible. Cuando el niño se incorpora a la intersubjetividad
preexistente, esos roles y expectativas configuran y troquelan su
subjetividad. Y el carácter moral de los mismos es inocultable. Los
antropólogos más libres de espíritu lo han hecho constar refi-
riéndose incluso a los grupos humanos más primitivos que hoy se
conocen. Por ejemplo Robert Redfield:
“El punto en que debemos insistir… es que en esa condición
temprana de la humanidad el orden esencial de la sociedad, el
nexo que mantenía unida a la gente, era moral. La humanidad al-
canzó su naturaleza característica y duradera como una multitud
de diferentes pero equivalentes sistemas de relaciones e ins-
tituciones, cada uno de los cuales era expresión de su concepción
del bien. A cada sociedad precivilizada la mantenían unida ciertas
concepciones éticas en gran parte no explicitadas pero continua-
mente realizadas” (en Rossi et al.,eds.,1977,291).
Más adelante (VI,2) haremos ver que carece de significado y
se refuta a sí mismo el dogmatismo utilitarista que interpreta como
búsqueda del propio provecho individual la observancia de esos
preceptos morales sin los cuales ninguna sociedad puede existir.


Autodeterminación

April 15th, 2010 por CEF Admin | Publicado en Institucional | 4 Comments »

INTRODUCCIÓN AL TEXTO DE P. MIRANDA

AUTODETERMINACIÓN 1

En su obra, Porfirio Miranda insiste en afirmar que el espíritu se determina a sí mismo. Y por espíritu comprende el acto mismo de entender y conocer, como acto puesto por sí mismo, de allí que para él el espíritu se da al ser a sí mismo. Es por ese motivo que afirma junto con Hegel: “El espíritu no es natural, es sólo aquello que él se hace ser” (GP II 494).

Aquí lo que quiere distinguir es el nivel ontológico del espíritu, su no coseidad, su no limitante óntico, de ahí que sostenga que de no determinarse a sí mismo no es espíritu sino cosa; pues el espíritu no es inmediato, no existe en el modo de la inmediatez, consiste esencialmente en ser mediado por sí mismo.

Digámoslo de otra forma, no es que sea algo en el mundo antes y al margen del sí mismo, no es que primero exista como algo percibiible y que después sea percibido. Pensar así el problema, es pensar que ese algo sería el “yo”, pues nadie puede sostener que existe espíritu sin un “yo”; pero el “yo” para Miranda consiste precisamente en percibirse a sí mismo.

Pensar en la otra posibilidad, en la coseidad del espíritu para Miranda sería absurdo, afirmar por ejemplo que antes del acto de percibirse existe el “yo”. Por eso coincide con la filosofía que afirma que: “El espíritu existe sólo como su propio resultado” (VG 58), toda vez que “el espíritu mismo es solamente ese percibirse a sí mismo” (GP I 93).

Una de las consecuencias de la tesis que él apoya es el fundamento de la libertad: “Producirse, hacerse objeto para sí mismo, saber de sí, es el asunto del espíritu; así es para sí mismo. Las cosas naturales no son para sí mismas; por eso no son libres” (VG 55).

 Texto  del libro de HEGEL TENIA RAZÓN Capítulo 111 Subcapítulo 2
2.-Autodeterminación

Ahora bien, no una conclusión de lo que llevamos dicho sino otra manera de expresar lo mismo es esta: el espíritu se determina a sí mismo. Si su ser es el acto mismo de entender y conocer, y ese acto lo pone él mismo, el espíritu se da al ser a sí mismo. Ya decíamos con Hegel: “El espíritu no es natural, es sólo aquello que él se hace ser” (GP II 494).

Si el espíritu no se determina a sí mismo, no es espíritu sino cosa; pues el espíritu no es inmediato, no existe en el modo de la inmediatez, consiste esencialmente en ser mediado por sí mismo.

No es que primero exista algo que después será percibido. Ese algo sería el yo, pues nadie puede sostener que existe espíritu sin un yo; pero el yo consiste precisamente en percibirse a sí mismo; sería directamente absurdo afirmar que antes del acto de percibirse existe el yo. “El espíritu existe sólo como su propio resultado” (VG 58), toda vez que “el espíritu mismo es solamente ese percibirse a sí mismo” (GP I 93).

“Producirse, hacerse objeto para sí mismo, saber de sí, es el asunto del espíritu; así es para sí mismo. Las cosas naturales no son para sí mismas; por eso no son libres” (VG 55).

Cuando Marx creyó poder, como materialista, saludar con plácemes la doctrina de Hegel de que el hombre se hace a sí
mismo, no reparó en que se trataba de la más pura esencia del espíritu en contraste con todo lo material, y precisa y únicamente en el sentido en que lo material no puede hacerse a sí mismo: la autodeterminación, el libre albedrío.

Volveremos sobre ello en otro contexto, pero desde ya es obvio que, para que pueda llegar a haber autoconsciencia, se requiere interpelación por otro yo que desde siempre fue autoconsciente; “los griegos todavía no tenían la concepción de que de suyo el hombre fue hecho a imagen de Dios” (WG 577). “Que el espíritu es lo que él se hace ser, constituye sólo un aspecto del tema” (WG 577).

Ese es el aspecto que ahora nos ocupa. Si el ser del espíritu es el acto mismo de entender, el espíritu hace su ser; y por tanto la mejor definición de espíritu es precisamente la autodeterminación. En nuestro capítulo anterior veíamos que la única definición posible de ‘objeto’, de ‘cuerpo’, es: lo que no se determina a sí mismo. “La única determinación del espíritu en la que todas están contenidas es su libertad” (NH 58).

“…la libertad es la substancia del espíritu. Para cualquiera es inmediatemente claro que el espíritu, entre otras propiedades, posee también la libertad; pero la filosofía nos enseña que todas las propiedades del espíritu sólo tienen consistencia mediante la libertad, todas son solamente medio para la libertad, todas buscan sólo ésta y la producen. Este es un conocimiento de la filosofía especulativa: que la libertad es lo único verdadero del espíritu”
(VG 55).

“La más alta determinación que el pensamiento puede encontrar es la de la libertad de la voluntad. Todos los demás principios, como el de felicidad o el del bien del estado, son indeterminados en mayor o menor grado; la libertad de la voluntad, por el contrario, es determinada en sí y por su cuenta, pues no es otra cosa que el determinarse a sí mismo” (WG 920).

Lo que estos tres últimos textos expresan es algo extraordinariamente importante y de suyo evidente: no hay nada tan inteligible como la autodeterminación. De ahí se sigue que todos los contenidos de los diversos conceptos derivan de éste la inteligiblilidad que puedan tener; o sea, que sólo en función de la autodeterminación, la cual es la esencia del espíritu, es posible darles significado a los conceptos.

Que la autodeterminación es la mejor definición del espíritu, Platón lo había dicho: “¿Cuál es la definición de ese objeto que llamamos alma? ¿Tenemos otra mejor que la que acabamos de mencionar: el movimiento capaz de moverse a sí mismo?” (Leyes X 896A). Evidentemente, también Platón era consciente de que ese contenido es el más inteligible.

Es muy digno de notarse que también para Kant, a despecho de todos sus escepticismos, este contenido es el más inteligible: “El concepto de libertad, dado que su realidad se ha demostrado por un mandato apodíctico de la razón práctica, constituye la clave de bóveda de todo el edificio de un sistema de la razón pura incluso especulativa; y todos los otros conceptos (a saber, el de Dios y el de inmortalidad), los cuales como meras ideas en la razón especulativa quedan sin asidero, se adhieren ahora al de libertad y obtienen por él y con él consistencia y realidad objetiva,
es decir, la posibilidad de ellos se prueba mediante el hecho de que la libertad es real” (KPV 4s).

A las dos caracterizaciones, implicadas la una en la otra, que hemos dado del espíritu, a saber, que el espíritu es concepto y que es autodeterminación, añadiremos más adelante una tercera: interpersonalidad. Pero antes necesitamos detenernos en dos conceptos importantísimos de los cuales aparentemente surgen objeciones contra lo que llevamos dicho: el de substancia y el de tiempo. No nos detenemos en ellos con sola intención negativa, la de disipar las objeciones; al contrario, lo hacemos precisamente para hacer ver que la autodeterminación no sólo es más inteligible que esos conceptos sino constituye la única manera de darles significado a ambos.

COMENTARIOS:

¿Usted qué piensa? 

¿El “yo” es algo en el mundo antes de ser percibido por uno mismo? 

¿El “yo” es algo diferente que el conocimiento de sí mismo? 

¿El “yo” es una cosa? 

¿Está de acuerdo con la tesis que sostiene que la libertad se fundamenta en el “yo”, en el espíritu?