Hegel tenía razón.
La revolución de la razón

Luis Brito Crabtree[I]

Me siento muy honrado de participar en este merecido homenaje a José Porfirio
Miranda, celebrado en la universidad donde él mismo gestó e impartió su filosofía.

El homenaje es merecido porque Porfirio ha sido un filósofo mexicano ejemplar, profundo, gigantesco y desafiante. Al penetrar en su pensamiento uno experimenta la altura especulativa de un clásico como Aristóteles, la rigurosa metodología de un medieval como Tomás de Aquino y la lógica portentosa de un moderno como Hegel, obra que Porfirio actualizó, desarrollándola.

Y me siento honrado porque yo trabajé intelectualmente con él durante sus últimos 21 años, desde 1980 hasta el día en que descansó en paz. Lo conocí casado con Male, su compañera y su alma. Su libro Ilegel tenía razón tiene esta dedicatoria: “Sin el apoyo de Male este libro habría sido imposible. Es obra de los dos”. Y en el libro Racionalidad y democracia se lee esta dedicatoria: “Para Male, sin cuya compañía encantadora este libro no habría podido escribirse”. Estas dos dedicatorias son un tesoro. Muy difícilmente Porfirio elogiaba a alguien, pero con estos dos elogiosos reconocimientos a Male nos muestra la fibra cariñosa de su corazón. Sólo un hombre que ama como Porfirio podía ser capaz de lograr esa altura de espíritu.

Me corresponde ahora comentar el libro de Porfirio Miranda titulado Hegel tenía razón. Mi trabajo consistirá en dos puntos:

 

  1. Explicar el título del libro
  2. Repasar someramente el contenido de esta obra
  3. El título del libro

En 1983 se publicó la genial y certera crítica al positivismo de parte de Porfirio, donde éste fundamenta su teoría de la ciencia, demostrando la necesidad científica de la investigación filosófica. Se trató de su libro Apelo a la razón.

En la segunda parte del capítulo IV de ese libro, Porfirio demostró que la tesis marxista de que la infraestructura económica determina las ideas ha llegado a ser científicamente inservible. Al final de la página 157 dice: “.. .de hecho Marx sostuvo primero la tesis de la antropología filosófica, que llamaremos tesis primera, y después la tesis de la determinación de la superestructura por la infraestructura, que llamaremos tesis segunda. La primera es raíz de la segunda”. Y en seguida desarrolla la prueba de cómo una inadecuada epistemología conlleva una equivocada antropología, lo que a su vez necesariamente conduce a una falsa sociología. Con esto, el marxólogo Porfirio Miranda cerró filosóficamente su discusión y su coqueteo con el marxismo.

Esto no significa que todo lo escrito antes estuviera equivocado; sólo significa que aún no estaba fundamentado en la verdad. Y con honestidad intelectual, de la que siempre hizo gala Porfirio, se hacía necesario continuar la búsqueda de la verdad. Como buen científico que trata de encontrar las causas y los orígenes de los sucesos, se preguntó: ¿Cuál fue el origen del pensamiento de Marx? Y lo encontró en la crítica que Marx hace a la filosofía del derecho de Hegel. De esta manera, Porfirio comenzó a penetrar en el pensamiento de Hegel para ver quién tenía razón, Marx o Hegel. Después de seis años de investigación llegó a la sorpresiva conclusión: Hegel tenía razón, título del libro que hoy nos ocupa. En 1989 publicó este libro que estamos comentando. Justo el mismo año de la caída del muro de Berlín. Como dice la canción: ‘ Tanto tiempo, tanto espacio y coincidir’ ’.

El año de 1989 es el parteaguas de la historia contemporánea, y el libro Hegel tenía razón es el parteaguas en el pensamiento de Porfirio. Sin embargo, al mismo tiempo la consciencia humana estaba dando un giro copemicano en todos los aspectos de la vida, en todos los paradigmas científicos y en todos los modelos sociopolíticos. Porfirio Miranda, desde su casa de Temamatla y desde

esta universidad fue testigo, actor y partícipe de ese giro copemicano. Debido a ello, la editorial española Sígueme publicó en 1991 este mismo libro, pero con un título que hace justicia al momento vivido por la humanidad en esos años: La revolución de la razón. Desde ese momento, el libro en cuestión tiene dos títulos: Hegel tenía razón y el título de la editorial Sígueme en España, La revolución de la Razón, que expresa el parte aguas del pensamiento racional contemporáneo.

Marx dijo que Hegel veía al hombre de cabeza y que había que poner al hombre con los pies sobre la tierra. Ahora Porfirio Miranda mantiene al hombre con los pies sobre la tierra, pero toma distancia de Marx al demostrar que los seres humanos no tienen como fundamento la materialidad de la tierra sobre la cual están sus pies, sino las alturas de la consciencia, tanto la consciencia (con se), que es el darse cuenta, como en conciencia (sin s), que es el imperativo moral que la interpela.

El hombre está con los pies sobre la tierra pero es por el espíritu que se hace hombre. El mismo Porfirio da cuenta del giro de su pensamiento cuando en su siguiente libro afirma: “Aprovecho la ocasión para confesar que el ataque de mi libro Marx y la Biblia contra la cultura occidental, sin ser desacertado, fue un ataque tonto y por lo tanto injusto. Tonto porque criticaba a occidente con los criterios heredados de occidente, los cuales indudablemente son verdaderos” {Racionalidady Democracia, p. 31).

Con este giro copemicano, giro epistemológico en la determinación de lo humano, Porfirio da un paso adelante en la historia de la filosofía respecto al conocimiento que tenemos sobre nosotros mismos. Como hombre de su tiempo, está vivenciando la evolución de la consciencia humana en el ocaso del siglo XX. Estamos, pues, ante una obra cmcial.

  1. Contenido de esta obra

Porfirio divide el libro Hegel tenía razón o Revolución de la razón en seis capítulos, que recomienda estudiar en el orden, desde el principio hasta el final, ya que el primero remite al segundo y éste al siguiente y así sucesivamente, hasta llegar al último que es la verdad de los anteriores.

 

  1. a) Ciencia y cultura

Desde el principio Porfirio distingue la ciencia filosófica de la literatura. La literatura, como el arte en general, no tiene por objetivo demostrar la verdad, sino agradar a los usuarios o presentar algo que impresione el interés sensible de las gentes, al margen de si es verdad o no lo que se expone.

En cambio, la filosofía tiene como finalidad demostrar la verdad de lo que se afirma. Al final del primer capítulo, Porfirio nos advierte que “el libro se presenta como interpretación de Hegel”, el cual incorpora en su pensamiento a Platón, a Aristóteles y a los principales pensadores de la historia de la filosofía. (Sobre esta interpretación hay que admirar el dominio absoluto que tiene Porfirio del idioma alemán. Es una delicia poder leer al fin a Hegel en una perfecta traducción castellana. Si Hegel decía que había hecho hablar a la filosofía en alemán, nosotros podemos decir que Porfirio ha hecho hablar a la filosofía en castellano.)

Sin embargo, no se trata sólo de una interpretación; plantea cuestiones filosóficas relacionadas con el desarrollo que las ciencias han tenido después de muerto Hegel “en las cuáles éste solamente insinuó por donde tendría que ir la demostración” (Hegel tenía razón, p. 37), Porfirio se compromete a seguirle el paso a los avances de la ciencia contemporánea, lo cual a mi juicio, realiza de una manera sorprendente y genial, constituyendo lo más valioso de su libro.

En este proceso de demostración de sus afirmaciones, el autor tiene como adversarios a los escépticos, los cuales se contradicen al afirmar que la verdad no existe, pero lo plantean como si su afirmación fuera verdad. Algunos de ellos, matizando, dicen que si bien la verdad existe, nosotros no podemos conocerla y sólo podemos acercamos a ella. Entonces, humorísticamente Porfirio les pregunta, parodiando a Platón: “¿Y cómo saben que se están acercando si no conocen la verdad? ¿Y cómo afirman que existe, si no la conocen?”. Más bien, estos escépticos se arrogan la autoridad para permitimos buscar la verdad con tal de que nunca la encontremos, es decir, con tal de que no demostremos; en otras palabras, con tal de que no hagamos filosofía. Por el contrario, nosotros coin­cidimos con Aristóteles, quien, hace 25 siglos, en el libro segundo de su Metafísica demostró que “La filosofía es la ciencia que tiene por objeto la verdad”, de ahí que, agrega Aristóteles, “con mucha razón se llama a la filosofía la ciencia de la verdad”.

La convicción de la verdad es la condición necesaria para filosofar. Nuestra necesidad suprema es hacer ciencia, porque es la ciencia la que demuestra cuándo

 

hay verdad y cuándo no. Le ha costado a la humanidad milenios de maduración y esfuerzo el llegar a la racionalidad actual, consistente en sólo aceptar una visión del mundo si se demuestra que es verdadera. Y en eso estamos. Ha llegado el momento de la exigencia científica, sobre todo desde la filosofía.

  1. b) ¿Por qué el suj eto?

Con esta interrogante titula Porfirio el segundo capítulo de su libro, haciéndonos ver la necesidad de tomar en consideración al sujeto, puesto que es el sujeto el que hace la ciencia.

Sin embargo, existe una corriente de pensamiento que se resiste obstina­damente a considerar al sujeto, e incluso sostiene que la ciencia debe prohibirse a sí misma la consideración del sujeto, como si la ciencia fuera una actividad no realizada por éste. Porfirio examina con todo detalle esas resistencias:

  • Que la ciencia se ocupa de los objetos, no de los sujetos.
  • Que la ciencia se atiene a lo material, no a lo espiritual.
  • Que la ciencia analiza la realidad sin considerar al suj eto.
  • Que para la ciencia sólo existe lo medible.

Porfirio, con mucha paciencia, va demostrando que esas creencias, lejos de ser científicas, son científicamente insostenibles ya que es de todo punto imposible dar significado a conceptos como objeto, materia, realidad, medición si se prescinde del sujeto. Si se prescinde del sujeto, los científicos no saben de qué están hablando; y cuando se usa una palabra clave, cada quien imagina cosas diferentes pues es tendencia generalizada hoy dej ar términos indefinidos o atenerse al supuesto falso de “lo que todo el mundo entiende”, cuando en realidad no entiende gran cosa. A lo más que se llega es a dar definiciones por decreto, actitud autoritaria que hace de la ciencia un dogma, le quita lo científico y provoca que la ciencia pierda legitimidad o aceptación social positiva, siendo que la ciencia surgió en el mundo para combatir el dogmatismo y el autoritarismo.

En este capítulo se disipa uno de los prejuicios más arraigados: la creencia de que el origen de los conceptos es empírico. Es el famoso “mito de la ciencia empírica” que ha engañado a la humanidad y a los científicos. Por fortuna, hoy día los físicos más avanzados, como el mismo Einstein, han reconocido que “no sólo algunos conceptos de la física son de origen no empírico, sino que ningún concepto es de origen empírico”.

De ahí se desprende el principio básico propuesto por Porfirio: “Si un vocablo no tiene significado empírico, el origen del concepto en cuestión no puede ser la sensación, y por lo tanto, es necesario buscar en el sujeto mismo, y no en sus sensaciones, tanto el origen como el significado” (Hegel tenía razón, p.42).

  1. c) Sujeto

Así, lacónicamente, titula Porfirio el capítulo tercero, donde expone lo que es el Sujeto y demuestra su consistencia óntica.

Esta consistencia óntica es la clave no sólo de la filosofía de Hegel, sino de toda la filosofía y de todas las ciencias; y Miranda advierte que es el descubrimiento más importante que haya hecho la mente humana en toda su historia

El sujeto no tiene origen empírico. Su significado es el concepto mismo. Cuando Porfirio habla del concepto se refiere a la realidad pensada o al pen­samiento realizado. El pensamiento conceptual, que es el verdadero pensamiento, se distingue de aquellos momentos en los cuales el pensamiento no coincide con la realidad porque aún no ha llegado a su concepto, sino que se ha quedado en una abstracción o en una imaginación. Miranda expone muchos ejemplos de esta distinción, pues su método consiste en demostrar que sólo se asciende al concepto eliminando, superando o corrigiendo lo meramente imaginativo o abstracto.

  1. Se llega al concepto cuando se llega al yo. El concepto es lo concebido por el yo. El concepto comienza en el “yo mismo”. YO significa el sujeto cuyo objeto que él pone para su consideración es él mismo. En este movimiento del pensamiento llegamos a la identidad del ser con el pensar. El sujeto no puede ponerse a sí mismo como objeto de su consideración si no existe. Pensándome es como existo para mí.

A partir de aquí puedo pensar en esto o en aquello, y lo puedo hacer porque yo soy el concepto mismo en su realidad existente, y por lo mismo el origen de todos los demás conceptos.

Porfirio demuestra que este origen del concepto coincide con el concepto de Espíritu en la medida en que el espíritu es el pensamiento, y por eso lógicamente llamamos “materia” a todo aquello que no piensa, a lo que no es espíritu. El «yo» es la consistencia óntica del espíritu. El espíritu es el pensamiento que se piensa a sí mismo. El sujeto es el que se hace autoconsciente.

  1. Este proceso que comienza en el YO no termina en el YO porque nadie puede pensarse a sí mismo e identificarse como un YO si no se está distinguiendo a sí mismo de otro. Nadie se da cuenta de sí mismo sí no se está dando cuenta del otro. Ser “Yo mismo” equivale a no ser el otro. En el concepto del yo entra esencialmente el concepto del otro, a tal grado que uno no existe sin el otro, y el ser del uno es el ser del otro.

De esta manera, el yo no es abstracto sino concreto. Lo más concreto que existe. Y no es meramente subjetivo, sino que es intersubjetivo. Sólo se hace autoconsciente ante otro autoconsciente. Y al hacerse individual es lo más universal, pues ser un individuo es patrimonio de todos. El espíritu es relación entre personas.

La intersubjetividad es la verdad del autoconsciente. Lo más sorprendente en el desenvolvimiento del concepto es que el “otro”, considerado así porque en realidad es distinto de mí, sin embargo, es “otro yo”, y como yo que es, resulta idéntico a mí, que también soy un yo. Aquí está la raíz de todas las consecuencias éticas y sociales que Porfirio plantea a lo largo de su libro: ser autoconsciente es darme cuenta de que no sólo existo yo; también existe el otro, y el otro es como yo (ibid., p. 111). Bien decía Hegel que «sin un tú el yo es imposible”.

A tal grado es esto verdad que yo, antes de ser yo para mí mismo, fui un tú para otro, por ejemplo para mi madre o para la que hizo sus veces.

  1. El desenvolvimiento del concepto prosigue cuando caemos en la cuenta de que el sujeto existe como resultado de su propia actividad. El autoconsciente se autodetermina al interior de su intersubjetividad. El sujeto se hace a sí mismo ser lo que es. Él mismo decide. Y no queda determinado con su propia decisión, puesto que puede suprimirla y poner otra, ya que él se autodetermina siempre.

Yo me hago ser lo que soy en relación con el otro. No es el otro el que me determina. El otro sólo me interpela, es el estímulo, la exigencia para que yo salga de mí exclusiva subj etividad hacia la obj etividad, expresada en la necesidad del otro, pero soy yo el que decide, soy yo el que me determino a responder o no la interpelación del otro.

Esta autodeterminación es la verdadera libertad. Son las cosas naturales las que no son libres, porque ya están determinadas y no pueden determinarse a sí

 

mismas. El espíritu es el poder desafiante que se está transmutando de la naturalidad a su intersubjetividad. Pero esta transmutación sólo se da si la persona decide libremente, y por lo tanto puede no hacerlo. Nadie se hace humano si no quiere hacerse.

Esta cumbre del concepto es extraordinariamente importante porque de aquí se sigue que, como todos los conceptos se derivan de la autoconsciencia intersubjetiva, ahora agregamos que todos los contenidos de los diversos con­ceptos derivan de la autodeterminación su capacidad de ser entendidos. Sólo en función de la autodeterminación es posible dar significado a todos los conceptos (ibid., p.87).

Con otras palabras, el que no quiere entender no entiende. Nadie se hace racional a la fuerza. Todos somos llamados a hacemos racionales. Sin embargo, sólo llega a hacerse racional el sujeto que libremente se decide a serlo, respondiendo al llamado del otro. Por eso Porfirio defiende la racionalidad ética, contraponiéndola a la “racionalidad estratégica” que hoy sostienen los autoproclamados “posmodemos”, pues lo estratégico sólo es la búsqueda de los medios adecuados para obtener el propio provecho sin tomar en cuenta el bien del otro. Para Porfirio, la verdad de la razón se encuentra en lo ético.

Es así como sostenemos que la razón de la que hablan los antiguos es el espíritu del que hablan los modernos, y con el avance demostrado por Miranda, es el ser humano que libremente se hace responsable ante la necesidad del otro. Con ello, el concepto adquirere mayor concreción y universalidad, mayor realidad.

A lo largo del capítulo, Porfirio responde a las objeciones que se han presentado contra la consistencia óntica del sujeto, objeciones basadas en el concepto de sustancia y en lo que es el tiempo, así como en la causalidad, en la idea de ley natural y en la idea de necesidad. Todas estas objeciones le sirven a Porfirio para calibrar, en su entera dimensión, el concepto expuesto en este capítulo.

A partir de aquí se pueden desarrollar todas las ciencias particulares: tanto las teológicas como las naturales, y las ciencias humanas y sociales. La ciencia no es otra cosa que la actividad del espíritu por la cual el sujeto demuestra su objeto como un bien para todos. De no ser así, no se trata de ciencia sino de ignorancia, o caprichos, o irresponsable arbitrariedad.

 

  1. Infinito y distinción

El quehacer de la filosofía ha sido y sigue siendo desentrañar el verdadero significado de todos los conceptos; por eso Porfirio, al penetrar directamente en el pensamiento teológico, demuestra los conceptos básicos de esta disciplina:

  • lo finito y lo infinito.
  • lo universal – lo particular – lo individual.
  • la identidad y la distinción, que es la dialéctica fundamental de toda filosofía.

Haciendo gala de su instrumental cognitivo, Porfirio va tocando los acordes de la física entrelazados con la psicología; los de la ética con los de la conciencia, los de la fe con los de la razón; la teología con la filosofía, logrando en estas páginas una sinfonía racional que va demostrando cómo la verdadera trascendencia se inicia en la intersubj etividad, donde tú estás siempre frente a mí y no puedes ser englobado ni absorbido por mi. Esta distinción que es la distinción más profunda que pueda existir, es al mismo tiempo identidad pues los dos somos la misma intersubjetividad, en la cual el espíritu llega a su plenitud porque con base en esta experiencia llegamos a concebir a Dios como Espíritu, como relación entre personas distintas, relación de estas personas con nosotros, en una identidad que no destruye nuestra distinción personal.

No puedo sino recomendar la lectura, el estudio sin prejuicios y la meditación tranquila de este capítulo, que yo considero un filosofar en las cumbres del pensamiento.

  1. La lógica y las ciencias naturales

El sujeto consciente que se autodetermina intersubjetivamente conoce ahora bastante bien a la naturaleza y demuestra su verdad haciendo ciencia de los sucesos naturales. Este es el fundamento de la lógica de Hegel. Para Porfirio es la única lógica, cuya crítica devastadora contra la empiricidad de las ciencias naturales tiene una importancia que aumenta cada día. De la lógica depende la cientificidad de todas las ciencias. Sin la aportación de Hegel las ciencias se quedan hoy irremediablemente empantanadas: o son tautologías sin avance posible o son juicios sintéticos injustificables.

Porfirio advierte que “ha sido una equivocación enorme el creer que Hegel niega la realidad del mundo físico. Lo que niega es que ‘realidad’ signifique estar fuera del espíritu. Es el espíritu el que hace que el mundo físico sea real. No decimos que las cosas naturales no existan, lo que demostramos es que la verdad de su existir no la tienen en sí mismas”.

La opinión pública quedó azorada cuando los experimentos de la mecánica cuántica revelaron que el electrón se vuelve corpúsculo cuando el sujeto decide observar su posición; y Heisenberg informaba que “su tamaño depende del expe­rimento que realice el sujeto observador”.

Y no sólo la mecánica cuántica. Eddington hacía saber que la tesis de la relatividad consiste en que un campo de fuerza, como la longitud y la duración, no es otra cosa que un enlace entre el sujeto observador y la naturaleza observada.

También Max Bom hizo del dominio público que ion campo gravitacional no tiene significado alguno, al margen de la elección que hagamos de las coordenadas.

Porfirio Miranda reconoce que el asombro universal, incluso de algunos físicos ante estas demostraciones, evidentemente se debió a la creencia mítica de que el mundo físico está fuera del espíritu, lo cual es un disparate.

Por consiguiente, si en contraste y polémica con el idealismo el realismo consistiera en afirmar que el mundo físico está fuera del espíritu, entonces el realismo sería una tesis desprovista de significado.

Con sorprendente erudición científica, Porfirio recorre los principales avances en la física, en la biología y en la psicología. Demuestra el concepto básico de la física, que es el concepto de fuerza, hoy denominado “energía”; el concepto básico de la biología, que es el concepto de la vida, sinónimo de la salud; y el concepto básico de las ciencias psicológicas que es el concepto de conducta. Este capital descubrimiento de los fundamentos filosóficos de estas disciplinas tiene que ser un motor afinado para el progreso, la verdad y la libertad en el conocimiento de la realidad de nuestro mundo.

Por ejemplo: si se cree de manera errónea que la conducta es simplemente “la respuesta a un estimulo”, así en abstracto, no hay forma de distinguir la reacción de la conducta y ésta queda reducida a una mera reacción, la cual se encuentra tanto en el hombre como en el animal; por consiguiente, la falla filosófica está en no distinguir al hombre del animal, con todas las aberrantes consecuencias prácticas que podemos observar.

En cambio, si demostramos que la conducta es la expresión de la decisión libre del sujeto consciente que se autodetermina ante la necesidad del otro, la

 

conducta llega a su concepto, se hace humana, tiene sentido para nosotros y se distingue de los movimientos reactivos, instintivos, naturales, carentes de actividad consciente.

Sólo la conducta humana da origen a nuestra vida social.

  1. El hombre y el estado

La intersubjetividad es la que hace, por derivación exterior, que el Hombre sea en esencia un ser social o político. La sociedad tiene su verdad en la inter­subjetividad, en la relación entre sujetos autoconcientes que se autodeterminan. De ahí que la red de relaciones éticas, de derecho y de responsabilidad entre las personas conforme el concepto del Estado. Por eso lo llamamos “Estado de derecho”. No se trata del derecho positivo, que es derivado y secundario, sino del derecho humano, que es fundamental.

La sociedad humana, aún la más simple y primitiva, no es una organización natural sino espiritual. No es resultado de los instintos, impulsos o condiciona­mientos subjetivos sino de la objetividad ética, de acuerdo al mayor o menor grado de la conciencia. Toda sociedad es más o menos humana, pero aun la menos humana es humana debido a la intersubjetividad realmente existente entre sus miembros. Por consiguiente, una sociedad funciona en la medida en que funcione la conciencia, la cual es el origen de la socialización de las personas; pero al mismo tiempo la conciencia no se socializa en su totalidad, sino que mantiene su autonomía puesto que se autodetermina. Debido a ello puede cuestionar a su sociedad, interpelar a las personas y decidir los cambios requeridos. Gracias a esto, las sociedades cambian y pueden hacerse cada vez más humanas, más éticas. Por el contrario, cuando en algún aspecto la conciencia no funciona, en ese grado y medida se origina un problema social, ya sea político, jurídico, económico o cultural, tanto en el nivel de la sociedad familiar como en el nivel de la sociedad civil y en las relaciones internacionales.

Esto es lo que Porfirio Miranda demuestra al llegar al último capítulo de su libro. Es el capítulo más denso y más cargado de potencialidad para el futuro, a tal grado que Porfirio, al terminar su libro, sintió la necesidad de desarrollar y concretar más el contenido de este capítulo y elaboró a partir de este material sus dos últimos libros.

 

Miranda nos advierte con toda claridad que todos los desaciertos en la filosofía política y en las ciencias sociales y humanas se derivan de dos suposiciones falsas:

  1. Suponer que el hombre por naturaleza es bueno e incluso que por naturale­za es hombre. Toda la obra de Porfirio tiene esta enseñanza fundamental:

. .que el hombre no es hombre por naturaleza sino por intersubjetividad consciente.”

  1. Creer que las categorías usadas por las ciencias sociales, como son las categorías de sociedad, Estado, libertad, lenguaje, igualdad, derecho, cos­tumbres, conducta, autoridad, gobernante, propiedad, modo de produc­ción, son datos empíricos o de origen empírico.

Miranda comprobó en los capítulos anteriores que ni siquiera las entidades físicas y de la biología son descubribles mediante percepción sensible, mucho menos las sociales que tienen que ver directamente con el ser humano.

Por ejemplo: si alguien afirma la igualdad de todos los hombres o la igualdad entre la muj er y el varón, tiene que demostrar la verdad de la igualdad, lo cual no es posible con base en datos sensibles, pues el dato empírico es más bien la desigualdad entre unos y otros. Ahora bien, si la igualdad no se demuestra, como la igualdad es el fundamento de la democracia, entonces la democracia no se justifica y quienes la prefieren tendrían tanta razón o no como quienes se inclinan por la dictadura, y el asunto se volvería cuestión de gustos y quedaría fuera del ámbito de la ciencia. En la ciencia social debemos partir de la responsabilidad de hacer ciencia. Si se trata de ciencia, en primer lugar hay que definir y en segundo lugar hay que demostrar.

Lo mismo sucede con quienes confunden Estado con gobierno: Porfirio demuestra que son cosas distintas. Lo mismo pasa con los que ahora enarbolan la lucha de la sociedad civil, en contra -dicen- del Estado, mostrándose incapaces de definir ninguno de los dos y por lo tanto, de sospechar que son lo mismo, sencillamente por el hecho de que, no siendo la sociedad un objeto físico empíricamente constatable, su constituyente esencial son los derechos y las responsabilidades, en los cuales y sólo en los cuales reside el Estado. Porfirio insiste en que sería un error creer que eso depende de las definiciones que a cada cual le venga en gana proponer. Los tratados de Platón, de Aristóteles y de Hegel son ciencia, no literatura. Exponen cómo son las cosas.

Este libro crucial, Hegel tenía razón o La revolución de la razón, que José Porfirio Miranda nos ha entregado, es una mina que está aquí, disponible para quien decida extraer su riqueza. Es una verdadera revelación, un cambio en el modo de pensar. Y es una auténtica revolución, un cambio de actitud en nuestro compromiso ante el mundo que nos ha tocado vivir. Esta obra nos da el fundamento para descubrir la finalidad de cada persona, para que nos hagamos responsables del progreso de nuestros Estados, y para buscar y encontrar el sentido de la historia humana.

[I] Profesor en la UTA y miembro del CEF Miranda.